Textos e investigación periodística:Daniel dueñas Diseño:Nathali Cedeño. Fotografía y video: Equipo ZRC 2025
El 25 de octubre de 2025 se celebró la audiencia pública del proceso de constitución de una Zona de Reserva Campesina que fue bautizada por los campesinos de Calamar-Guaviare como “La Guardiana del Chiribiquete”.
Era tal vez uno de los pasos simbólicos más importantes en el proceso administrativo que lidera la Agencia Nacional de Tierras con la Subdirección de acceso a baldíos de la Nación. Después de su realización solo restaría la votación que se hace en un consejo directivo de la ANT, en el que distintas instituciones discuten y votan sobre la creación o no de estas nuevas figuras de ordenamiento territorial de segundo nivel.
Al coliseo de la Independencia que queda en la zona urbana, llegaron muchos representantes de instituciones del estado y de organizaciones de la cooperación y desde las veredas bajaron unos 800 campesinos y campesinas con carteles de sus asociaciones y veredas.
Algún puñado de caras conocidas. La gran mayoría de los asistentes eran personas que nunca habíamos visto aunque trabajamos desde hace varios años con estas comunidades. El hecho de ver a tanta gente y conocer a tan pocos, hablaba de la magnitud del proyecto que con la audiencia se encaminaba en su recta final: 182 mil hectáreas, 26 veredas y casi 5.000 habitantes.









La semana previa al evento tuvimos un “corre corre” tremendo que nos puso en rabias entre colegas y con algunos compañeros de la organización campesina. Por la cantidad de cosas que había que hacer, que teníamos que terminar y organizar de cara a la audiencia, nos pusimos todos un poco más quisquillosos y los roces empezaron a aparecer, algunos de ellos cargados de incomodidades no resueltas, que vinieron a salir, como suele pasar, en los momentos más inoportunos.
Yo ya había vivido un evento similar (no en magnitud, pero sí en importancia en el proceso de constitución de esta Zona de Reserva Campesina), y sabía que todas las responsabilidades relacionadas a los temas logísticos más grandes solamente podrían ser asumidos y resueltos por los compañeros y compañeras campesinas.
Seis reses para asar y darle almuerzo a todos los asistentes, conseguir la leña, las ollas, la yuca, el agua, organizar el espacio del coliseo, decorar la tarima, organizar las anchetas que serían entregadas a los invitados de las instituciones del estado y de la cooperación, recibir el camión del operador logístico contratado por la Agencia con la pantalla, el sonido… todo aquello, sabía, solamente podrían resolverlo ellos.
Nos encargamos nosotros, el grupo de profesionales bogotanos de CEALDES que veníamos acompañando el proceso en el último tiempo, a trabajar en los faltantes formales. Que la firma de este documento, que acompañar a la ANT dándole el cierre al proceso de consulta previa con los compañeros indígenas y afro, que terminar con algunos puntos de Plan de Desarrollo, que ayudar a organizar las exposiciones y las palabras que se darían en el evento, etc.
También debíamos colaborar con la llegada de otros compañeros de nuestra Asociación que vendrían a acompañar la audiencia que era también muy importante para nuestra organización pues con ella se le daría visibilidad a un largo trabajo y la asociación quedaría muy bien posicionada en las redes de discusión en donde se tomaban decisiones nacionales y locales en lo relacionado al reconocimiento de los derechos del campesinado amazónico.

Una brevisima historia organizativa de las comunidades de los ríos Unilla e Itilla
Nuestros amigos venían en un bus contratado que tuvo que esperar cinco horas parqueado en el trayecto de Bogotá a Villavicencio por un derrumbe y otro par de horas en una manifestación que se encontraron entrando al departamento porque, casualidades de la vida, la dirección de bosques del Ministerio de ambiente (que nos tuvo a nosotros penando por meses por el concepto técnico ambiental sobre La Guardiana), debía expedir una resolución que era necesaria para la inversión de recursos públicos en vías en la zona norte del departamento, que aunque sustraída de la famosa Ley 2 de 1959, tenía también otras restricciones ambientales.
Nos dio mucha vergüenza con los compañeros que llegaban de Bogotá. Mi esposa, Ángela, que detesta los viajes por tierra, venía con el grupo. Tenía esperanza de que la manifestación estuviera dejando pasar a los buses de pasajeros como nos habían dicho el día anterior, pero no: Tuvieron que bajarse y caminar. Sin almuerzo, bajo el sol picante de medio día y con el cansancio a cuestas de una noche en trancón, cualquier palabra mal dicha sería una bomba.
“-Hola Tomás, ¿cómo van?
-Pues acá estamos, vamos a pie para San José. Logramos pasar el bloqueo todos porque ya dijeron que no podía pasar la gente. Nos tocó dejar nuestras maletas y las cajas en el bus.
-Bueno, qué bueno. Me preocupa mucho las cosas que se quedaron en el bus. -Venían camisetas para los compañeros campesinos, unas cartillas con resúmenes del plan de desarrollo que se entregarían a los presidentes de las juntas e invitados, las botellitas en las que se empacarían algunas cosas de las anchetas-
-¿Cómo Daniel? -Me respondió Tomás.
Sentí que había elegido las peores palabras para expresar esa preocupación. -No, no, que me preocupa un poquitico lo que quedó en el bus, sobre todo por sus maletas con la ropa. Le respondí.
-¿¡Cómo!? -me repitió Tomás por segunda vez.
-Creo que tartamudeando le dije: “No, no Tomás, pues me preocupan más ustedes, son lo primero, pero las cosas del bus… bueno pues ahí vemos luego qué nos inventamos.”




A estas alturas era más que claro lo que habíamos aprendido a “tramacasos” durante los últimos meses de trabajo: No controlábamos nada. Todo lo que había pasado con asuntos como la consulta previa con el resguardo El Itilla, las fechas de entrega de los documentos… casi que todo nos excedía y éramos, más bien, espectadores en primera fila de unos hechos que se desprendían de forma incontrolada del proyecto de constitución de esta ZRC.
Ahora, por más claro que fuera para nosotros esa pequeñez, las cosas que pasaban no dejaban de ser angustiantes. Tan solo una semana antes del evento, el 14 de octubre, las disidencias de las FARC habían atacado la casa del Alcalde en la zona urbana de Calamar.
Estábamos justamente en Bogotá en medio de una gira de incidencia con 11 compañeros y compañeras del Comité de Impulso de la Zona cuando nos llegó la noticia de que unos drones habían lanzado dos granadas a la casa del mandatario local. Que se habían salvado de milagro las personas que estaban dentro, la empleada y su hermano menor, pero que el perrito que tenían de mascota, un salchicha miniatura, no había aguantado el estruendo de las explosiones y había muerto a causa de un infarto fulminante.
Me llegaron mensajes de tías y de dos vecinas aquella noche. Todos estaban preocupados por lo sucedido y estimulados además por la resonancia que tuvieron los hechos en los medios de comunicación masivos en donde se repetían los videos tomados por los profesores del colegio del pueblo en donde sonaban las ráfagas de fusil del ejército con las que se derribaron a los aparatos, mientras ellos se acurrucaban contra los muros.
“Con esto no va a ir nadie.” Me dijo Cata que ya venía preocupada por la negativa de varias instituciones de asistir al espacio incluso antes del ataque a la casa del Alcalde. Además, muchas personas nos preguntaron: “-¿La audiencia sigue en pie con esto? -Pilas porque les pueden demandar el acto administrativo si no les llega la institucionalidad.” Nos dijo incluso alguno. Nos entró el miedo.
Al día siguiente, el miércoles 15 de octubre, se abrió un espacio para que se hablara de la Zona de Reserva Campesina en la Mesa de Gobernanza que organiza la Gobernación del Guaviare y en la que se discuten temas relacionados a los proyectos de ordenamiento territorial y cuidado ambiental y al que asisten instituciones y funcionarios de instituciones municipales, departamentales y nacionales.
El día anterior, dos compañeros campesinos fueron a la reunión “preparatoria” de la mesa. Este es un espacio que ha venido siendo desarrollado desde hace tiempo en el que, con ayuda de la WWF, se esperan atajar algunas de las inconformidades de las comunidades para que en el espacio formal de los días posteriores, la discusión pueda darse lo más “civilizadamente1” posible.
Después de una exposición general y muy prudente del plan de desarrollo sostenible de parte de nosotros como “apoyo técnico”, los compañeros de Calamar tomaron la palabra saltándose “las buenas costumbres” que se han querido implantar con las reuniones preparatorias y en desarrollo de las metodologías de la WWF.
La discusión que se abrió después de las acusaciones de “responsabilidades políticas” y de voluntades vacías, con funcionarios ofendidos que respondían en un tome y lleve que con todo y todo se dio con cautela, fue un buen lugar para entender, desde otra perspetiva esta vez, los pulsos de poder, las alianzas, cercanías y lejanías que hay actualmente en este campo de disputa político y que ha sido desestabilizado con la irrupción del proyecto de esta ZRC en Calamar.
En los momentos de descanso de ese evento, se nos volvieron a acercar a decirnos que la audiencia pública estaba muy mal ubicada en fechas. El ataque con drones el día anterior y las elecciones primarias del Pacto Histórico que se realizarían el día siguiente a la Audiencia, hacían que fuera una fecha difícil para asegurar la participación de los enviados de instituciones muy importantes a Calamar.
Ya cansados del cuentico nos alejamos con Catalina un rato y entre los dos llegamos a la conclusión de que al final fueran los que fueran, lo importante era sacar el proceso adelante, porque además, así no lo habían pedido mil veces los compañeros campesinos.
Óscar, grandóte y tosco, varias veces dijo en Comités de impulso: “eso copie y pegue de otros planes. No le metan mente a eso y háganle que nosotros necesitamos que esto salga rápido. Estamos mamados”. Le dije embalentonado a Cata: “Para discursos chimbos, de estos echando cuentos… que los acompañen los que son. Acá se llegó sin ellos y toca seguir sin ellos2.”
Con todo y que aquel pensamiento pudo haber sido muy esclarecedor, en nada disminuyó la ansiedad ante las circunstancias que seguían apareciendo. –“¿Será que fuimos muy tercos?” -Nos preguntó Cata cuando nos enteramos días después de que los compañeros de CEALDES llevaban rato esperando entrar al departamento ahora por un corte de la carretera que nos podía enredar también algunas cosas de la audiencia.
Estábamos tirados en un sofá y ninguno respondió a la pregunta. Nos sentíamos exhaustos pero aún así había cosas por hacer. Nos paramos callados, seguimos a Catalina que en esa forma de ser tan infinita que tiene, nos dijo: “Vamos a organizar los cuartos”. Y Esteban y yo la seguimos con un cuadernos en donde anotamos cómo nos distribuiríamos en el hotel que habíamos pedido para la ocasión. Tal vez, sin saberlo, Catalina fue responsable de lo que vinimos a saber en diciembre.
Al finalizar el recorrido, le dije a Esteban que fuéramos a la sede de ASCATRUI porque nos estaban esperando para hacer los carteles de las veredas. Paramos en la ferretería, compramos varios metros de tela polisombra blanca, de las que se usan en las obras civiles, con las que haríamos algunas pancartas con aerosol y que era una de nuestras responsabilidades según lo habíamos definido con los compañeros.
1. Esta palabra la usó una funcionaria de la Gobernación cuando escuchó a los compañeros campesinos del Comité salidos de los chiros exigiendo la entrega del concepto técnico.
2. Definitiviamente lo importante no era lo que dijeran los funcionarios de las instituciones, no era importante que un montón de gente viera a CEALDES en “acción”, lo importante era dar un paso más en compañía de la gente y que recordaramos que llegara quien llegara, lo realmente importante era que asistieran esos desconocidos y desconocidas con los que nos encontramos en el coliseo el sábado 25.
Llegamos a la sede de la asociación en donde estaban todos los compañeros y compañeras campesinas organizando distintas tareas de la logística. El piso estaba empantanado por la cantidad de yuca que ya se había lavado y pelado, por el movimiento de motocargueros que llegaban con los productos que cada vereda se había comprometido a entregar para la decoración y la alimentación, por el movimiento de delegados por vereda que subían y bajaban y que avanzaba con una u otra de las infinitas tareas que debían ejecutarse.
Allí todo eran risas y música. Al vernos llegar, nos recibieron entre chansas preguntándonos si habíamos subido cerveza y nos reclamaron en chiste por haber llegado con las manos vacías porque, decían las mujeres juagadas de risa con cuchillos en mano y sentadas en un circulo alrededor de bateas con agua en donde iban poniendo cada nueva yuca pelada: “estamos es secas”. Al rato: “-Ponga música Danielito” Me dijo alguna y conecté el celular al amplificador y les pregunté si querían “salsita”. –“Lo que quiera Dani”.
“Hay que traer a Cata. Ella tiene que estar acá.” Me dijo Esteban. El olor a carne nos llegaba de vez en cuando porque ya había una parrilla asando pedazos de la primera novilla sacrificada y nos ofrecieron chunchullo pasadito de sal con papa. “Vaya y la trae si quiere” Le dije. Llegaron al rato. Yo ya había avanzado con Leidy Yaneth con las pancartas que se estaban secando con los últimos rayitos de sol y que tenían inscritas frases que habían salido no sé de quién y que ya se habían vuelto familiares: “No hay selva sin campesinos, ni campesinos sin selva”.
El ratico escuchando música, riéndonos y hablando con los compañeros y compañeras mientras les ayudábamos con alguna tarea era lo que estábamos necesitando. Además Catalina siempre resuelve los problemas que van surgiendo en los despelotes me dijo: “Organicé para que los recogieran dos camionetas en San José para traerlos después de que almorzaran. Deben estar llegando por ahí en una hora. Ahora nos bajamos y le compramos una cerveza para tenerles frías”, y fue como si la tarde terminara de sonreírnos gracias, en parte, a lo festivo de nuestros compañeros que a pesar de lo pesado del trajín estaban felices, charlando y riendo con sus vecinos y amigos.
Nos regresamos al pueblo con Esteban y Cata. Nos encontramos con Cayú. Nos llevó a donde una vecina suya en donde la cerveza sale un poco más barata. Compramos el palo e pola y nosotros que vamos llegando al hotel y los amigos de CEALDES que se van bajando de las camionetas de platón que se habían contratado.
A pesar de su cansancio también se veían contentos tal vez por haber llegado a Calamar el lugar del que tanto hablábamos en las reuniones de la Regional Amazonas Norte. La mayoría de ellos iba por primera vez y nos honraba la visita especialmente de Martha, la contadora que al final del viaje estaba haciendo chistes, ante tanta cosa que había pasado, diciendo que se necesitaban las facturas electrónicas.
Se tomaron un par de cervezas que además estaban frías y como el viaje los había obligado a hacerse amigos entre los pocos que no se conocían, la cerveza la bajamos charlando y contentos antes de subir a comer algo de carne de nuevo a la sede ASCATRUI en donde además, se tendría una reunión adicional con Tropenbos, Caritas Alemania, CEALDES y ASCATRUI.
Nos dieron las 10 de la noche y nos bajamos a descansar. Quedé con doña Yaneth, la mujer que siempre cocina las ollas comunitarias, que la acompañaría a subir de nuevo a la sede a eso de las 4:00 am del día siguiente, día de la audiencia, para que ella pudiera preparar el desayuno que se le daría al grupo de asadores que pasaría derecho, montando el fuego que ya se veía vivo a un costado del vivero comunitario, sacando los cortes y poniéndolos en su respectiva estaca.
Caí como piedra en pozo. Cuando sonó el despertador sentí ahí sí el cansancio acumulado de los últimos días. Recogí a doña Yaneth y a doña Nancy. Subimos en el baúl del carro los cuchillos, la remesa y las largas cucharas de madera y latón con las que van de arriba para abajo ese par. Descargamos y me dio curiosidad ver cómo iban los asadores: un grupo de unos 6 campesinos que habían sido delegados por sus veredas para preparar la carne.
El amarillo rojizo de los gruesos troncos prendidos iluminaba tenuemente las caras de los hombres que subían con estacas de carne y lanzaban nuevos palos a la hoguera. El sudor de sus frentes y brazos resplandecía. “¿Tiene agua?” Me preguntó uno de ellos. “Nos dejaron unas gaseosas pero ya nos las terminamos. ¿no lo mandaron con agua? -No mano. Les respondí. Tengo un bidón como de 5 litros en el carro con agua de la llave. Puede que sepa raro porque lleva tiempo ahí. -No importa, tráigalo.” Bebieron a pico de botella pasando entre ellos el botellón cuyo contenido se fue reduciendo casi hasta llegar a la mitad.
Regresé al hotel en que nos quedamos y pude dormir dos horas más. Subimos con un grupo de compañeros de CEALDES a la sede a eso de las 7 de la mañana y desayunamos caldo de costilla, arepa y chocolate. Una vez arriba, aprovechamos con Esteban para buscar los cartuchos de tinta de la impresora que estábamos necesitando para entregar las presentaciones y las palabras impresas que construimos con los campesinos que se encargarían de presentar el plan de desarrollo en la audiencia.
Las tintas no estaban. “Esteban, por favor llame a Marisela para preguntarle por eso.” Le dije entre angustiado y molesto. Imprimir es una tarea particular en Calamar porque hay solo un lugar para hacerlo y no siempre es tan fácil encontrar a la dueña del negocio. “Por no haber revisado la impresora el día anterior, nos pasa lo que nos pasa.” Me lamentaba entre dientes.
Perdí a Esteban de vista y al volverlo a ver estaba hablando y riéndose con alguien del Comité de Impulso. “Hermano, ¿qué pasó con la llamada a Marisela?” Le pregunté extendiendo las palmas de mis manos en una expresión de reclamo. “Ya la llamé pero no contesta… relájese.” Me dijo también molesto. “-Ayúdeme con eso Esteban, por favor. Necesitamos tener esos papeles para dárselos a los maestros de ceremonia y a todos. -Fresco, yo me encargo, pero relájese.”
De bajada al pueblo seguimos derecho al coliseo. Me sorprendí al ver lo avanzado que estaba el tema de la organización de las pancartas, las sillas, la decoración de la tarima, todo. Jesús Cuesta, “Chucho”, como le dice todo el mundo, estaba en el centro del escenario organizando a las delegaciones que habían llegado, hablando por wlakietalkie, revisando en dónde habrían de ubicarse los vendedores, organizando a los estudiantes de 11 del colegio del pueblo que de servicio social habían sido enviados a la audiencia por una gestión de Marisela, y a quienes se les puso en la tarea de llenar las listas de asistencia de la Agencia Nacional de Tierras.
A las 9:30 la gente se empezó a arremolinar en el ingreso del Coliseo. Se hizo una fila enorme y los estudiantes empezaron a tomar asistencia. Los compañeros de Pastoral Social de San José, songo sorongo, se fueron acomodando con sus respectivas y extensas listas de asistencia que pretendían llenar después de que las personas diligenciaran la de la Agencia.
“-¿Ustedes quieren llenar estas listas? ¿No pueden tomarles fotos a las de la Agencia?” Les pregunté. “No, es que estos son nuestros indicadores.” – “Yo sugiero que no tomen doble lista de asistencia, hay mucha gente.” “Vamos a tomar lista.” Me dijeron. Hice un gesto de negación con la cabeza. Al rato volví a pasar y los vi ayudando a llenar la lista de la Agencia. O les dijeron que era absurdo, o se dieron cuenta que era absurdo, creo más bien que fue la primera.
Empezó el evento y escuché las palabras de Diofanol y de Catalina. Cuando empezaron a hablar los enviados de los Ministerios y de las agencias de cooperación me inventé una tarea para ausentarme.
Durante el rato que escuché de los delegados institucionales las mismas palabras que he escuchado desde 2022 cuando llegué al Guaviare y desde el 2023 cuando llegué a Calamar. “Lo mismo pero diferente” dice el sabio Pablito cuando llegan los mismos bogotanos con chalecos de distintos colores. Tal vez también tengo incomodidad de saber en el fondo que yo también soy de los mismos… pero diferente.
Mucho más de la audiencia no puedo contar. De lo importante sí puedo dar fe: El almuerzo fue un éxito. Subimos con Gabi, una practicante de antropología que al llegar del viaje en bus me miró y me dijo, tal vez entendiendo perfectamente la dinámica de CEALDES: “Eso les pasa por tacaños”, reclamándome por el largo viaje en bus. Yo me totié de la risa al escucharla y la abracé con cariño.
Al llegar ya estaban las cajas con la carne para los “VIP” y las bolsas para el resto de los asistentes. Ambas porciones maravillosas, lo que cambiaba era el corte de carne que se les ofrecía. Había una larga fila manufacturera de las bolsas y las cajas: Unos metían carne humeante que llegaba en enormes timbos en las bolsas, que luego pasaban a que les metieran yuca y papa. Las cajas y las bolas eran después recibidas para acomodarlas en las canastas plásticas que alguno había conseguido prestadas en el supermercado “Cielos Abiertos”. Y mientras tanto con Gabi agarrando pedacitos de carne recién cortada, jugosa y tierna por la larga cocción y que nos recomendaban los que estaban en la línea de producción.
La gente escuchó con paciencia a todos los invitados, comió y gritó cuando Shirley de la ANT, que hacia de Maestra de ceremonia junto a Tomás, les preguntó si estaban de acuerdo con la creación de la nueva Zona de Reserva Campesina. Todo se había resuelto en un mensaje que era incontenible: La Zona va porque va.
Ya había pasado por los tramos administrativos más difíciles y se estaba enfilando como la territorialidad campesina que por estar cerca al Parque, por estar en la zona sur del arco de deforestación, por tener una fuerte dinámica organizativa de base, por estar en reserva forestal, recibiría atención de la opinión pública que se vio reflejada en recortes de prensa y noticias en noticieros locales los días posteriores a la audiencia.
“Estamos organizando para ir a donde Don Linarco.” Me dijo Veiler, “El niño”. Don Linarco es un señor alto y huesudo de unos 60 años que se parece en su cara al ex comandante de la Policía, hoy capturado, el General Palomino… su amigo en el camino. Es dueño junto a su esposa de un balneario saliendo a San José. El espacio tiene una piscina de aguas verdes y un salón de baile amplio y abierto. Vende cerveza fría y pone la música que le pida el comensal.
Antes de llegar a la fiesta, vimos sobrevolar a un helicóptero a muy baja altura por el pueblo. Habían cerrado la vía a San José y nos reímos de pensar que nos había tocado encontrar otro bloqueo. Al cierre llegaron dos motos. Los dos policías que tenían que bloquear el paso solo pudieron atajar a una señora que al bajarse de una de ellas se lanzó al potrero que queda enfrente de la estación de policía llorando porque se llevaban seguramente a alguno de sus familiares. Un joven, probablemente hijo de alguno de los capturados ese mismo día por ser “colaboradores de las disidencias” y que serían llevados a Villavicencio o San José, logró pasar el frágil filtro y correr al potrero en donde se vía a lo lejos a una fila de personas abordando el helicóptero.
Nada pudo hacer. Tan pronto como se subió el último, la nave se elevó con una rapidez que me sorprendió. El joven regresó triste y llorando a abrazar a su mamá. La guerra seguía y seguramente seguiría con o sin Zona de Reserva.
Al llegar a las piscinas y luego de unas buenas cervezas la lengua se le aflojó a más de uno y empezaron los agradecimientos para un lado y para el otro. Catalina gritó desde el otro rincón del salón, “Palabras de Dani”. Y yo: “no, no, no” siempre me ha costado, pero empezó el sonsonete musicalizado: “que hable, que hable, que hable”. Me tocó y tal vez con eso que dije, también entre tragos, quisiera cerrar esta crónica que empezó corta y terminó larga.
Lo primero que les dije fue que esta era la segunda vez que me había sorprendido al ver que habían sacado adelante algo tan grande. “A pesar de que parecen desorganizados, ustedes se entienden mejor que nadie y todo lo logran.” Ya en el guayabo, pensaba que si esa misma motivación comunitaria pudiera dirigirse a la construcción de los acuerdos para la conservación, para que se dieran las discusiones sobre el acaparamiento, para sacar adelante proyectos productivos que los beneficiaran, tan solo con un pequeño porcentaje de esa capacidad organizativa en función de esos objetivos, la Zona sería lo que ellos y nosotros soñamos. La pregunta es el cómo logramos que eso suceda. Tal vez como dice el Tito, “esa es la tarea de nuestra generación cucho”.
Lo segundo que dije y que provocó que se me adelgazara un poco la voz, fue más o menos lo siguiente: Estar ahí con tantos compañeros de CEALDES que han dedicado su vida a dar discusiones sobre lo campesino, era un gesto que va más más allá de la convicción política que pudiéramos tener. Había algo adicional.
En donde Don Linarco les dije: “Nosotros los necesitamos.” Tal vez por eso nos vamos a estar con ellos y sus familias los fines de semana, dejando a nuestros amigos y familias, tal vez por eso un par de meses al año muchos no recibimos pago e igual allá hemos llegado a hacer talleres con las uñas cuando no hay financiador.
¿Pero qué es lo que necesitamos de ellos? “Por mal que nos vaya, nos va bien” Nos decía Tito Roldán a cada rato cuando nos veía estresados a mi o a Claudia en los meses en que nos “adoptó” en Calamar. Tal vez, y esto lo digo solo para mí, yo los necesito porque el cinismo con el que veo las cosas y que me conduce con tanta frecuencia a la desesperanza es solamente sacudido por ellos, sus gestos de generosidad y por su posición ante las circunstancias que a mí me doblegarían.
Quizás el dicho de Tito sea al revés, o quizás no y la duda se la debo a ellos. Son para mí, parafraseando a Tomás González, “la maleza que deja entrar luz al mundo y que nos recupera de la servidumbre.”

Postdata:
En diciembre nos encontramos muchos de los que habíamos estado en Calamar aquellos días. Organizamos una cena para despedir un año que resultó siendo tan particular. A la mesa, ya comiendo, nos enteramos de una noticia que alegró la noche: Nathalí y Bernardo, dos asociados que estuvieron en Calamar en la Audiencia, que han apoyado el trabajo de ACATRUI desde hace años, serán papás. Catalina lloró, Tomás hizo chistes, Claudia se llevó las manos a la boca.
Pero la sopresa fue aún mayor cuando nos contaron que “CEALDES-David”, como le pusimos, había sido concebido en la noche de celebración de la Audiencia en la habitación escogida por la querida Catalina. Después de algunos meses buscando al pelado parece que solo hacía falta el calor amazónico, las extrañas cercanías que genera una Asociación como CEALDES y, por supuesto, el triunfo político que como él o ella renuevan la esperanza de que algo distinto puede encontrarse en el porvenir.





















