No hay que votar por los extremos
Autor: Juan Eduardo Ortega
“la idea de que hay dos extremos enfrentados nos hace creer que estamos condenados a elegir entre dos candidatos igualmente preocupantes, cuando la realidad es mucho más asimétrica.”
Relacionar nuestras creencias profundas con la necesidad de encontrar caminos de gobierno —legislativos y administrativos, pero sobre todo de construcción de consensos— que den curso a nuestros proyectos de futuro, es incómodo. Sobre todo porque implica revisarnos; incomodarnos con la duda y la reflexión. Probablemente la lógica que vamos a escuchar al interior de las campañas es que no tenemos tiempo, ni la gente tiene ganas de preguntarse: ¿quién es? ¿qué quiere y en qué cree?. Quiero atacar aquí una idea que, a mi parecer, dificulta la reflexión y en últimas, da forma a las argumentaciones pasionales que nos vamos a encontrar en esta contienda política de las próximas 3 semanas.
Si bien hay dos bandos claramente definidos por proyectos de país contradictorios, propongo pensar que en esta batalla electoral que se viene, hay una falsa lógica polarizante y extremizante que tenemos que desmontar. Porque la idea de que hay dos extremos enfrentados nos hace creer que estamos condenados a elegir entre dos candidatos igualmente preocupantes, cuando la realidad es mucho más asimétrica.
La idea de que hay una izquierda radical versus una extrema derecha opera en binarios que obligan a escoger partido como quién decide entre la espada o la pared, y a sentirse en la necesidad de optar “por lo menos pior”, como si estuviéramos condenados a las dos opciones más terroríficas posibles. El mecanismo de polarización establece el miedo como instrumento de convencimiento y opera para tratar de captar votantes asustados. Esta narración es propaganda de manual para manipulación de grupos, y opera como funcionan los algoritmos en internet: primero te presenta un panorama sesgado y luego profundiza las diferencias según tu interacción con él, garantizando que cada quien se sienta ratificado en los prejuicios y preconceptos de su hinchada.
Los titulares que presentan los resultados de las votaciones como si el problema fuera la polarización y no, que hay una posibilidad real de que nos presida un gobernante que invita a la violencia, alimentan las ínfulas de un centro que aún no sabe dónde pararse -porque aún no sabe quién va a ganar-, y le otorga demasiado respaldo moral y poder a la gente que no se quiere meter mucho “pa no peliar”. Esto ha demostrado darle carta blanca a las derechas de todo el continente. Estamos llamados a agarrar el momento como quien cosecha uchuvas, pues lo que estamos necesitando ahora hace parte de las decisiones incómodas que en materia de política —es decir, en materia de todo lo que implica nuestra vida en sociedad— tenemos que poder afrontar éticamente: esta es una pregunta muy personal -y por eso muy colectiva-. Es una pregunta de posición política relacionada con nuestros valores, y no una disputa tribal entre rojos y azules.
“Ahí están el cebo y el anzuelo: hacernos creer que dos extremos existen cuando, en realidad, es uno solo de los candidatos el que habla de extirpar gente como si fuera plaga, mientras el otro está llamando a la concordia.”
Ya antes, en nuestra turbulenta historia, la condena bipartidista nos ha saludado, y los desencuentros de los extremos nos han obligado a cortar lazos familiares, señalar a nuestros vecinos como culpables, y amenazar la convivencia en nuestros pueblos, barrios y lugares de trabajo o esparcimiento.
Si, es verdad que hoy enfrentamos modelos contradictorios de proyectar el Estado y sus instituciones. Pero no se equiparan porque no aspiran a gobernar el mismo país. Por un lado se quiere un Estado más pequeño que permita operar libremente al mercado en lógica de acumulación, independiente de las necesidades reales de transformación estructural. Por el otro, se quiere garantizar la participación de las mayorías a quienes el Estado —que por muy grande que nos quieran hacer creer que es— no ha podido recoger, porque no ha llegado con garantías sociales y de derechos. Estamos hablando de al menos la mitad de la población del país.
Para ser claros: el proyecto de Abelardo, no hace parte de un espectro político difícil de ubicar. Efectivamente, Abelardo representa el extremo más antiderechos y más reaccionario de las élites económicas que han visto amenazados sus intereses de clase en este país. Efectivamente estamos hablando de un proyecto radical de eliminación de espacios para la participación y, efectivamente, estamos hablando de poderes duros y blandos que buscan aproximarse a la idea del desarrollo como extracción de capital a costa de la naturaleza y de los cuerpos que se ven obligados a trabajos incómodos para producir ganancia y sostener la acumulación en manos de otros. Esto es indudable, puesto que es fácil de trazar en las propias palabras del candidato: no le da pudor alguno decir que en este país deben haber exterminios. Estamos hablando sin duda del extremo de la derecha más ultra, más agresiva y más descarada que hemos enfrentado, porque renueva discursos de seguridad -y enemigos internos- ya superados, esta vez con un aire actualizado por el trumpismo, y acudiendo a la vieja maquinaria política del uribismo -y por extensión, al beneplácito de grupos armados de corte paramilitar-.
Así las cosas, tendríamos que pensar en lo que se está disputando del otro lado del tarjetón el próximo 21 de junio. Porque la noción de los extremos no opera para ambas candidaturas por igual. No hay simetría en la idea del “extremo opuesto” y no opera la idea que se viraliza en esta lectura tan simplificadora promovida por todos los medios. Esta es la idea de que “Cepeda es lo mismo pero al contrario”. Ahí están el cebo y el anzuelo: hacernos creer que dos extremos existen cuando, en realidad, es uno solo de los candidatos el que habla de extirpar gente como si fuera plaga, mientras el otro está llamando a la concordia. El fundamentalismo excluyente viene de un solo lado.
Presentar el proyecto progresista que representa el Pacto Histórico como una apuesta de extrema izquierda responde a una narrativa de equiparamiento que nos quieren vender desde la derecha radicalizada, aquella que defiende los intereses de los de siempre apelando a los de nunca para explotar su carrera política. Inventan un monstruo para disimular su monstruosidad. Esto se llama populismo, -muy de derecha-, y funciona porque apela a refrescar la lectura sobre la política tradicional que todos sentimos tan corrupta, tan trasnochada, tan aburrida y tan poco funcional a las necesidades de la gente que más necesita el impulso de instituciones fuertes que operen para garantizar los servicios sociales más básicos a más de 20 millones de personas.
Funciona también en parte, porque la izquierda está desarticulada como proyecto histórico, porque nos sumergimos en operar el Estado y ahora las distancias parecen enormes. Y es normal, porque también estamos aburridos de la política de siempre: la política de las roscas y las familiaridades, los amiguismos y cercanías lambonas a los líderes de turno. Petro no representó la transformación que el país necesitaba, -una transformación radical de la forma de hacer gobierno- pero transformó la percepción que los territorios tienen del mismo. La candidatura de Cepeda y Aida tampoco representa en sí mismo una revolución y está bien. En el gobierno ha habido una izquierda supremamente moderada, que ha encontrado la forma de expandir un poco los espacios de participación democrática. No se puede decir de la izquierda en colombia que está socializando los medios de producción, ni siquiera cuestionando la propiedad privada.
A duras penas, Petro le ha apuntado a establecer mecanismos para reformar —solo un poco— la estructura de interlocución con las personas más necesitadas del país. Con esa apuesta construyó su cúpula de gobierno, y en últimas, entregó lo prometido, por primera vez, un gobierno saludaba con respeto a las autoridades locales y comunitarias. Lo cierto, sin embargo, es que no fue solo con los 150 logros de su administración que ha sostenido sus bases. Las gentes que votaron en primera vuelta por la candidatura del Pacto Histórico son bases históricas recogidas autónomamente en la certeza de que hay que continuar expandiendo la democracia para establecer legislación y plataformas un poco más sólidas para la transformación real de los problemas estructurales que padece Colombia. Lejos de ser una izquierda radicalizada en un extremo, es una apuesta institucionalista, reformista y conciliadora que se planta en favor de la gente que depende de su trabajo diario, de cara a unas votaciones en las que toda la narrativa mediática le viene en contra.
Yo insistiría en superar la narración de los extremos en un mismo plano de horizontalidad y plantearía el debate en otro eje, porque no creo que funcione la diferenciación entre izquierda contra derecha. La idea de los dos extremos de la misma línea es una trampa, y caer en ella es ya haber perdido la capacidad de distinguir. Las contradicciones entre ambos tienen que ver con su visión de la función del Estado en relación con los intereses de clase. Pero también se distinguen por la vehemencia con la que se defienden sus dogmas en función o no de intereses económicos privados. Las opciones son la profundización de un proyecto que se abre a las mayorías más necesitadas del país, o una apuesta de desmantelamiento de la institucionalidad en beneficio de las lógicas de explotación de recursos que ven en Colombia, un anclaje geoestratégico para los intereses de Estados Unidos, que dicho sea de paso, depende hoy de la creación de Noboas, Abelardos, Mileis y Bukeles para poder mantener su posición global.
Y aquí quiero concluir con una certeza. Yo estoy convencido de que podemos apelar a la reflexión, estoy convencido de que falta pedagogía política y estoy convencido de que la masa votante no es inerte ni estúpida. Estoy convencido de que la gente sabe lo que hace aunque lo haga por miedo. Aquí la pregunta vuelve al lugar del binario. A no aceptar la lectura rápida de que lo que se disputa es una batalla entre el bien y el mal, incluso aunque -seguramente- será la narrativa que ambas campañas tengan que abanderar en algún momento para apelar a los indecisos. Y con indecisos no me refiero al centro, sino a la gran mayoría de personas que no salieron y que aunque en el fondo cree en la democracia, esta aburrida de la política, o le incomoda posicionarse- porque tomar posición es muy incómodo, cuando no peligroso en este país.
Así las cosas, estaremos de acuerdo en que no es lo mismo una candidatura sin más programa que sus intereses económicos, y que termina hipotecando la soberanía del país; que la apuesta con la continuación de un progresismo reformista que busca ampliar espacios de participación, profundizar la soberanía nacional y cortar lazos de dependencia económica para dar paso a eventuales transformaciones en la brechas de desigualdad.
El progresismo Colombiano que ha acumulado aprendizajes burocráticos durante los últimos cuatro años ha tenido todas las fallas que el primer gobierno de izquierda tenía que tener, entre eso, la dificultad de superar las formas tradicionales, amiguistas, y clientelistas de la política colombiana Hemos tenido todas las frustraciones y las dificultades de ordenar una casa patas arriba sin tener del todo la escoba por el mango, y sin embargo estamos aprendiendo a barrer. No podemos entregarle ahora la escoba a quien la quiere romper. Tenemos que profundizar los espacios de apertura al diálogo y a la escucha activa de otras personas, que como nosotros están dispuestas a construir futuros incluyentes.
Aquí hoy, en esta contienda, hay un solo extremo, claramente situado desde arriba y hacia la derecha, descarado con su posicionamiento frente a los derechos de las minorías, y frontal contra todo el que piensa distinto. La otra opción es un modelo de gobierno con enfoque social que necesita de toda la institucionalidad del estado para habilitar algunas reformas. En últimas, propongo que no estamos condenados a esta disyuntiva entre extremos, porque la candidatura de Cepeda no es en extremo nada, y en cambio, Abelardo representa la punta de lanza de un proyecto fascista en construcción que viene creciendo con fuerza en la región.




